Martes, 16 de Octubre de 2018
COLUMNAS
El fetichismo del sueldo mínimo y su secreto
04.07.2014

Por Emilio Pérez, sociólogo

El gobierno de la Nueva Mayoría y la CUT, a través de su presidenta Bárbara Figueroa, quien pertenece al Partido Comunista que, sabemos, es parte de la actual coalición de gobierno, acordaron reajustar el salario mínimo en un 7,1%, cuestión que en los hechos implica pasar de los actuales $210.000 a $225.000. Este "acuerdo" –para no ocupar la palabra "concertación"- también, de manera inédita, estableció los reajustes que se propondrán los próximos años, con lo que desde ya, ha quedado pactado que en julio del 2015 el salario mínimo debe llegar a los $241.000 y el primero de enero del 2016, después de la resaca, se empine por los $250.000.

Hace 7 años, en la administración de la primera encarnación de Bachelet y en pleno conflicto de los trabajadores subcontratados del cobre quienes, organizados en la CTC y luego de 37 días de huelga, lograron arrastrar el cerco institucional y negociar con la estatal CODELCO, consiguiendo una inédita negociación colectiva ramal, inter y supra empresa; enarbolado por la Iglesia Católica, a través del entonces Obispo de Rancagua, Alejandro Goic, se puso en circulación el discurso que abogaba por el establecimiento de un salario mínimo ético de $250.000. Sí, esto hace 7 años. Casi una década antes del 2016.

Más allá de lo extemporáneo del acuerdo (si se actualiza la cifra del 2007 hasta ahora, el salario mínimo ético actual debería superar los $320.000). Más allá de si el reajuste acordado está desfasado en relación al tamaño de la economía nacional (representa menos de un 30% del PIB per cápita). Más allá de si este salario a un trabajador y su familia les permite satisfacer sus necesidades básicas, vivir con dignidad o dejar de ser pobres. Más allá de si este acuerdo, de manera negativa, afectará el empleo o, de manera positiva, entregará cierta estabilidad a la economía nacional estableciendo con anticipación el precio mínimo que los empresarios deben pagar por el trabajo. Más allá de estas y otras problemáticas, que a ojos de lo que luego expondré son secundarias, lo que quiero destacar aquí es ¿qué es lo que hay detrás de un instrumento como el salario mínimo?, ¿qué es lo que esconde? y, más ampliamente, ¿cuál el secreto que oculta el salario en general?.

La Encla del 2011, encuesta publicada por la Dirección del Trabajo, indica que los trabajadores que ganan el sueldo mínimo representan el 12% del total de la fuerza de trabajo ocupada. Si a esto le sumamos el 6,4% de trabajadores que, según esta misma encuesta, gana menos del mínimo, tenemos que en Chile existe un segmento poblacional (18,4% de la fuerza de trabajo) donde se produce y reproduce la miseria: esta es la primera dimensión funcional del salario mínimo. Por otro lado, tomando datos del mismo instrumento, se puede afirmar que el 45% de la fuerza de trabajo ocupada –casi la mitad de los trabajadores chilenos- no supera los $344.000 de ingreso mensual, demostrando así una segunda dimensión funcional del salario mínimo: contener el aumento del sueldo promedio y, además, hacerlo tender a la baja.

Percibir un sueldo por el trabajo realizado es una particularidad del capitalismo. Por esta razón es que, se dice, somos "libres", ya que podemos "decidir" a quien venderle nuestra fuerza de trabajo, por cuanto tiempo y a qué precio hacerlo. Pero en realidad, la principal función del salario no es la de abrirnos las puertas de la libertad a partir de la posibilidad que nos entrega de satisfacer nuestras necesidades por medio de la compra y posterior consumo de mercancías (subsistencia, reproducción, para posteriormente volver a la producción). Más bien, el salario es, antes que todo, un pretexto para encubrir, ocultar o disimular otra cosa.

La fuerza de trabajo en estado latente, sin ser puesta a disposición de la producción sino que contenida en la humanidad del trabajador, pasiva, no tiene valor alguno. El valor de esta se obtiene cuando se transforma en trabajo, es decir, cuando, a través de los medios de producción, transforma las materias primas para convertirlas en productos, los cuales, a su vez, son almacenados, vendidos posteriormente o consumidos al mismo instante de ser producidos. Estos factores: medios de producción, materias primas y productos; en el actual estado de desarrollo del capitalismo pueden ser tangibles o virtuales, materiales o simbólicos.

Entonces, podemos decir que el valor de la fuerza de trabajo se obtiene cuando ésta se convierte en trabajo y, por lo tanto, genera valor. Esta generación de valor es remunerada a través de un salario, el cual, por un lado, le sirve al trabajador para satisfacer sus necesidades y reproducirse como individuo (comer, vestirse, divertirse, instruirse, etc.) para luego volver a la producción. Por otro lado, el salario, como siempre debe ser menor al valor que el trabajador realmente produce (y cada vez será menor debido a la insistencia permanente de los capitalistas por "intensificar" el proceso productivo a través de la tendencia a la baja de los salarios, por un lado, el aumento de la jornada laboral, por otro, y la utilización de tecnología que permita la optimización del uso de los tiempos, por otro) también le es útil al capitalista para enmascarar en el mismo proceso productivo la generación de plusvalía, es decir, aquella parte del valor que el trabajador produce y que no se le paga, el excedente de trabajo del que se apropia el capitalista.

Entonces, en resumen, el salario mínimo en particular:

1.- Produce y reproduce la miseria.

2.- Contiene el aumento del sueldo promedio y lo hace tender a la baja.

Y, además, el salario en general:

3.- Le es útil a los trabajadores para satisfacer sus necesidades y reproducirse como individuos (comer, vestirse, divertirse, instruirse, etc.) para luego, cada día de su vida, volver a la producción.

4.- Como siempre es menor al valor que el trabajador realmente produce con su trabajo, le es útil al capitalista para enmascarar, en el mismo proceso productivo, la generación de plusvalía, es decir, aquella parte del valor que el trabajador produce y que no se le paga, el excedente de trabajo del que se apropia el capitalista.

Sin esta apropiación el sistema no podría existir. Pues ésta es la base de la propiedad privada y, por ende, del sometimiento de la mayoría de la población que tiene que trabajar para vivir. Pero a la vez, este mismo hecho, en base a la conciencia que tomen los trabajadores del antagonismo generado a partir del trabajo no retribuido, es el que permite proyectar la posibilidad necesaria de superación del capitalismo. Una subversión que abra paso a una sociedad más justa y humana, donde no sean necesarios los "acuerdos" o, digámoslo acá: "concertaciones", para sostener la explotación de los menos sobre los más.
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