Lunes, 21 de Mayo de 2018
COLUMNAS
Los tratados de libre comercio: el neoliberalismo buscando su lugar más allá de la historia y algunos desafíos identitarios de la izquierda*
09.03.2018

Por Cristián Rojas

Lograda una cierta estabilidad política y normalizados (en parte) el funcionamiento de los procedimientos políticos democráticos, uno de los primeros propósitos asumidos por la Concertación de Partidos por la Democracia tras el fin de la Dictadura, fue la incorporación de Chile a los flujos económicos globales. Tras 17 años de Dictadura, y a pesar de las profundas reformas libremercadistas implementadas, el país se encontraba con altos niveles de inflación (27%) y desempleo (8,9%), un PIB per cápita relativamente bajo (2.400 dólares), pero sobre todo, sumido en un relativo aislamiento de los mercados internacionales. Y si el gobierno de Aylwin pudiera caracterizarse como un gobierno centrado en el ordenamiento interno, el de Frei bien se lo pudiera entender como uno volcado prioritariamente hacia la integración internacional.

Es así, que en la segunda mitad de los años 90’, se firma el primer tratado de libre comercio con Canadá, inaugurándose un modelo de diplomacia que llegaría a ser característico de los 25 años de la Transición: fuertemente enfocado en el comercio y que privilegiaba lo económico sobre lo político, siendo quizás esto, uno de los signos principales de los nuevos compromisos políticos e ideológicos asumidos por la Concertación. Es por ello, tal vez, que no resultó extraño que en el anterior gobierno de Sebastián Piñera -quizás el último gobierno de la Concertación- se nombrara a un ministro de exterior cuya única expertisse internacional era ser ejecutivo de una empresa de retail con sucursales internacionales, justificándose así su nombramiento y hablándose con justicia, de manera crítica, de una “cancillería fenicia”.

Es cierto que el comercio exterior y los intercambios comerciales constituyen un aspecto clave para la sostenibilidad de cualquier Estado y que la ausencia o debilidad de estos vuelve inviable cualquier posibilidad política de mediano y largo plazo. Esa ha sido, de hecho, desde el fin del bloque socialista a fines de los 90’, una de las principales adversidades que ha debido enfrentar cualquier esfuerzo o proyecto político que se plantee alternativo al neoliberalismo, no ya siquiera, de izquierdas o progresista.

Sin embargo, los Tratados de Libre Comercio firmados por Chile han constituido algo más que sólo asegurar estos flujos mercantiles o sólo establecer procedimientos de cabotaje y liberalización de gravámenes. Se trata, más bien, de la imposición de un cierto régimen de perdurabilidad neoliberal, en que por la fuerza del derecho internacional y sus mecanismos de litigio y arbitraje, se suspende en los hechos, la deliberación democrática respecto al funcionamiento económico, imponiéndose en la práctica, una eternización del modelo y la imposibilidad de toda transformación con el fin de garantizar espacios seguros para el libre flujo del Capital. El ámbito de lo económico en su clave neoliberal, se asegura, así, monolítico respecto de la deliberación política, perdiendo ésta su posibilidad transformadora y diluyendo los antagonismos en un juego de males menores. Con ello, se busca que el neoliberalismo diluya su condición histórica para volverse un hecho que supera los límites de lo contingente y asegura su “más allá”.

No es casual su coincidencia con el sistema partidario duopólico de la Transición y la creciente indiferenciación entre ambas polaridades, pues todo forma parte del entramado de mecanismos que vuelven imposible cualquier transformación profunda que implicara la reorganización de las estrategias económico-productivas del país. Los otros eran aquellos cerrojos guzmanianos -la Constitución y el sistema electoral-. Es tal su efectividad, que si se pretendieran implementar nuevos esquemas ordenadores de lo económico-productivo, que incluyeran, por ejemplo, la nacionalización de ciertos recursos naturales, allí posiblemente operarían los mecanismos de arbitraje previstos para impedir cualquier alteración, implicando, inclusive, la posterior indemnización. De esa manera, en los hechos, los Tratados de Libre Comercio operan como una extraña institucionalidad excéntrica determinando límites constituyentes.

Es quizás por esta historia de 20 años de libremercadismo y diplomacia fenicia chilena, que pareciera que la firma del TPP (actual TPP-11) no pareciera haber despertado mayor interés en la ciudadanía, aun a pesar de que en estos últimos 10 años se ha vivido una verdadera “primavera de movilización democrática”. En el caso específico de este tratado, si bien, se caracterizó por el establecimiento de estrictas medidas de secreto en las negociaciones entre los países firmantes, se podría decir que en el caso chileno, ese secretismo no era necesario, pues la costumbre ya ha disciplinado toda sospecha al respecto. Y si en diferentes partes del mundo movilizó a la ciudadanía y se transformó en un tema importante de las agendas políticas de las fuerzas antineoliberales, en Chile no ha ocurrido lo mismo, pues simplemente pareciera que ya no hay nada (más) que perder.

Ante esto, la izquierda se enfrenta a un desafío no menor, pues, paradójicamente, la mayoría de las escasas prácticas exitosas de respuesta e intento de contención de la mundialización del capital -fenómeno que sostiene la institucionalidad libremercadista global-, hoy en día, parecieran provenir no de la izquierda, sino de la ultraderecha nacionalista, que en base a la agitación xenofóbica, vive un período de renacimiento.

En términos profundos, con esto se le plantea a la izquierda la necesidad de retomar la pregunta respecto a qué es lo que la constituye en su ser de izquierda y qué la distingue de aquellos otros posicionamentos antagonistas al neoliberalismo o, incluso, al capitalismo. En ese sentido, se debe afirmar que la izquierda no es ella sólo porque se opone y busca superar el capitalismo como modo de organización social -cierta derecha retardataria también dirá que lo persigue buscando volver a un estado previo de estrictas jerarquías y desiguales privilegios-, sino porque su oposición la hace en base a la búsqueda de aquello que los clásicos -sin feminismo mediante- llamarían como la búsqueda del “fin de la explotación del hombre por el hombre” y porque, por lo tanto, aspira a una sociedad que reniega de algún modelo de sociedad sustentado en la desigual distribución del poder.

Así, la oposición a los tratados de libre comercio la lleva a un lugar más allá de la mera oposición técnica: a la urgencia de tener que redefinirse y diferenciarse de aquellos que pudiendo ser sus potenciales “aliados” coyunturales -la ultraderecha antineoliberal-, comparten un horizonte distinto. Esto, porque si la ultraderecha aspira a resistir los tratados de libre comercio buscando defender desequilibrios y desigualdades en las consideraciones éticas respecto a un Otro y en base a la defensa de algo pretendidamente propio; la izquierda, por el contrario, lo hará porque aspira a recuperar colectivamente el control sobre lo común, a disputar la Historia y a asegurar un bienestar colectivo.

Ante la firma del TPP-11, la izquierda debiera saber que allí se esconden una parte importante de los demonios que deberá exorcizar en un deseable futuro socialista –y no sólo asuntos arancelarios, de patentes y temas específicos respecto al acceso a la información. Demonios que difícilmente se los podrá vencer en los marcos de una política de movilización local, sino que requerirá establecer esfuerzos -y juegos de fuerza- conjuntos que superen los márgenes del Estado-Nación y luego, desde allí, buscar la implementación de mecanismos y acuerdos alternativos, que favorezcan una integración distinta, solidaria y con un horizonte en el bienestar de los pueblos.

*Columna aparecida originalmente en Revista Antígona Feminista
NOTICIAS
Revista Política Salvaje

Revista Política Salvaje N°4

Ver anteriores
Fundación Emerge
fundacionemerge.cl
www.fundacionemerge.cl - 2018